Los Arawak: dos antiguas familias

Dos antiguas familias 
Miles de años antes de nuestra era, poblaciones enteras surcaban el continente desde el Sur. Los hallazgos arqueológicos, y entre ellos especialmente la cerámica, han permitido a los científicos fabricar hipótesis acerca del recorrido y las actividades desempeñadas por estos pueblos en la construcción de sus vidas. El Orinoco fue la gran vía de penetración de estas poblaciones agro-alfareras. Oleadas de gente subían por el río Madeira de Brasil hasta los Andes. Algunas se establecieron en el piedemonte andino. Otras ascendieron navegando el Río Negro y poblaron la parte media y baja del Orinoco, aunque otros grupos continuaron la ruta hacia el Mar Caribe. De todas estas familias, las que lograron mayoritariamente arraigarse y expandirse en el territorio venezolano fueron la Arawak y la Caribe, sin descartar —aunque aparentemente en menor grado— los pueblos de las familias Tupí-Guaraní. 

Los Arawak se asientan en estas tierras unos 1.000 años antes que los Caribe. Las relaciones entre estos pueblos, sobre todo las que atañen a los Caribe y los Arawak, a pesar de sus momentos de tensión, han sido a lo largo de la historia también cooperativas. Es muy posible que las poblaciones Caribe de las Guayanas, por los años 1.500 antes de nuestra era, hayan adoptado la agricultura de la yuca desarrollada por los Arawak. 

No podemos, sin embargo, obviar momentos históricos de terribles consecuencias, especialmente para la familia Arawak, cuyos miembros varones fueron prácticamente borrados de las Antillas por aquellas incursiones Caribe en busca de esclavos, ocurridas justo antes de la invasión europea. De aquel duro episodio nació una descendencia caribe- arawak en las islas, hijos de padres Caribe y madres Arawak. No obstante, la lengua que perduró en las islas fue el Arawak, el idioma con que las madres criaron a sus hijos. 

Otra coyuntura histórica fue aquella en la que Caribes e invasores holandeses se aliaron en resistencia contra los representantes de la Corona española y sus aliados, entre otros, Arawak. Estos dos episodios sirvieron como argumento a la dominación colonial para estigmatizar, mediante una Real Cédula, como “caníbales” a los Caribe, justificando su captura como esclavos y fomentando su enemistad con otras etnias coterráneas. 

Pero la historia está también marcada por momentos en que los descendientes de estas dos familias han sorteado y padecido un destino común. Quinientos años después, ambas familias siguen siendo vecinas y guardando estrechas y solidarias relaciones en las tierras amazónicas que bordean el Alto Orinoco y el brazo Casiquiare. En La Esmeralda, legendario pueblo de población Yekuana, ubicado en la confluencia Orinoco-Casiquiare, conviven desde hace al menos dos décadas familias de origen Arawak con familias de la comunidad Yekuana. 
Protohistoria Arawak 
Los Arawak o arawacos (arahuacos), también llamados aruacos, arbacos y arawaks, pertenecen a una familia lingüística muy antigua y numerosa que se extendió desde el Amazonas Central, entre los 3.000 y 7.000 años antes del presente, por las vastas regiones del continente americano, ocupando las cuencas del Orinoco, Amazonas, Paraná y los sistemas insulares del Caribe. 

Incluye esta gran familia a los Taínos de las Antillas Mayores y las Bahamas, los Nepoya y Suppoyo de Trinidad, los Ingerí que se extendieron por las Antillas Menores y desde la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia hasta el Brasil. Se ha comprobado que los Wayúu, actualmente ubicados en la Sierra de Perijá, proceden de esta familia, así como la familia Chané ubicada en el Noroeste de Argentina. 

Según el antropólogo Donald Lathrap, la familia Arawak se vio obli-gada a emigrar de la planicie inundable del Amazonas debido al progreso obtenido en el cultivo de tubérculos, lo cual tuvo como consecuencia un aumento demográfico que los llevó a buscar tierras de ecosistemas similares para su expansión, y de este modo fueron llegando en oleadas poblacionales a la cuenca del Orinoco. Una situación parecida, dado el ambiente favorable de la cuenca orinoquense para un nuevo crecimiento poblacional, generó sucesivos movimientos migratorios hacia la costa venezolana y después hacia las Antillas, Cuba, La Española y la Florida. 

La etnóloga venezolana Alberta Zucchi también ubica el origen de los grupos Arawak en el Amazonas Central, pero propone una fecha entre los 6.000 y 5.000 años antes del presente y adjudica a las migraciones causas de origen climático: tres períodos sucesivos de sequías, y la llegada de otros grupos en busca de mayores recursos para su sustento. Supone Zucchi que un grupo de esta familia lingüística se asentó hace aproximadamente unos 4.200 a 3.800 años en la zona baja del Río Negro. A este grupo pertenecen los Maipure-Arawak, cuyos antepasados, debido a otra ola de sequía, se vieron obligados a ampliar su territorio y a complejizar su tecnología para mejorar su producción agrícola. Se dice que fueron los Arawak quienes desarrollaron el cultivo de la yuca, tan extendido en las culturas de filiación Caribe. 

No existe un solo criterio acerca de los movimientos, los asentamientos y la composición de los grupos humanos en nuestro continente. Son muchas y dispersas las teorías, más aún cuando hablamos de los Arawak, por la complejidad de sus constantes travesías y rutas migratorias, en permanente adaptación a las condiciones de los cambios climáticos, a sus necesidades de expansión y a otros eventos históricos como los diferentes contactos con otras culturas de Indoamérica y de Europa. 

Los Maipure-Arawak 
En el caso de Venezuela, Colombia y Brasil, la cultura Arawak se expresa en una diversidad de etnias que forman una unidad cultural, con variaciones sociopolíticas y lingüísticas, fruto de un engranaje que la extiende y concentra a lo largo del tiempo. Sólidamente hilvanada por una capacidad de asociación creativa basada en simientes ancestrales, genealógicas y religiosas, esta dinámica nos lleva a hablar no de una nación sino más bien de una nación de naciones. 

La antropóloga Silvia Vidal habla de “Confederaciones multiétnicas”. Consolidados a lo largo de la historia por un sistema exogámico y de alianzas matrimoniales —intra y extra grupales—, los pueblos Arawak se han configurado como una red expansiva de relaciones comerciales, culturales y políticas, no sólo con los grupos indígenas sino también con europeos blancos o mestizos que adoptaron este modo de emparentamiento mediante alianzas matrimoniales. 

No menos fundamental ha sido, en la construcción histórica y resistencia cultural de estas sociedades, el arraigo de los sistemas políticos, tanto locales como regionales, al chamanismo ancestral fundamentado en la religión del Kúwai, un chamanismo que es conocido en el mundo político de los jefes criollos por su gran efectividad. 

Los Baniva y los Kurripaco o Wakuénai, junto a los Baré, Piapoko y Warequena, son miembros de la familia Maipure-Arawak y se ubican al Sur de Venezuela en los municipios Atabapo, Maroa y Río Negro del estado Amazonas, a lo largo de la frontera Norte-Sur con Colombia, en una región que alterna tierras inundables y sabanas. Todos estos grupos ubican su origen en el caño Wapui, cerca del raudal de Jípana, llamado “Ombligo del Mundo” y afluente del río Ayarí de Brasil. De allí sacó el héroe Iñapirrikuli (Nápiruli), a través de los agujeros de unas ollas de barro, a los diversos pobladores de la tierra. 
Los dos Cielos 
En la cosmovisión de estos pueblos existen dos Cielos o Mundos. El primero está regido por el creador Iñapirrikuli, su esposa Amarru, los hermanos de ésta y sus antepasados. Es en este Cielo donde ocurre la creación de los primeros “animales-pensantes”, como los llama González Ñáñez. A este primer Cielo corresponde en la tierra un sistema igualitario de descendencia, los linajes procedentes del territorio ancestral, la distribución y circulación de los bienes y las relaciones pacíficas o destructivas entre parientes. 

El segundo Cielo es el de Kúwai, un ser de poderes sobrenaturales creado por el propio Iñapirrikuli. El Cielo de Kúwai rige la vida política en toda su extensión. Los cambios sociales, las alternativas en momentos de crisis, las creaciones tecnológicas, las actividades productivas, la preparación de los alimentos, las sociedades secretas masculinas, los cultos chamánicos y las redes viales de comunicación, se gestan en el segundo Cielo. El ayuno y el látigo son las herramientas de aprendizaje chamánico que estableció el poderoso Kúwai para formar gente sabia. 

Toda acción en la tierra corresponde a un Cielo u otro. y es precedida por la correspondiente invocación de la hazaña mítica que se canta y recrea, llenando de significado con su potencia celeste el evento terrenal. Las huellas de las acciones míticas son palpables en petroglifos, piedras como la del Cocuy, montañas, tepuyes, raudales, cuevas y toda una geografía cargada de señales que recuerdan constantemente las hazañas mítico-históricas de sus antepasados. En toda narración procedente de los Maipure-Arawak el narrador parte de la ubicación del espacio sacralizado donde ocurrió primordialmente el suceso. 

Unas familias extensas 
En esta geografía de selva, ríos y sabanas, vive actualmente una población aproximada de 600 Warekena, 2.500 Baniva, 2.000 Baré, integrados directa o indirectamente, según Vidal, a otras 40.000 personas de los Tukano, Bakú y Arawak del Noroeste amazónico de Colombia, Venezuela y Brasil. Estos grupos ancestralmente organizados en fratrías patrilineales se jerarquizan de acuerdo al orden de nacimiento, tal como los hermanos míticos de su cosmogonía; este orden influye en las alianzas endógenas y exógenas. 

Destacados conuqueros, su actividad agrícola está enmarcada dentro de un calendario ecológico, dedicándose a la pesca y a la caza en el verano, preparando el terreno antes de “creciente de garza” en noviembre y recogiendo en el invierno frutas silvestres. Grandes productores de casabe y mañoco, insumo habitual para el trueque con otros pueblos de la región, cultivan para su propio consumo caña de azúcar, piña, ají, maíz, plátanos, auyama, y tubérculos como yuca dulce, yuca amarga, apio, ocumo, mapuey, ñame y batata. Pescadores y cazadores, son también artesanos de la cestería, la cerámica, la madera, fabricantes de casas, curiaras y cerbatanas. Hoy en día muchos se dedican a la extracción de la fibra de chiqui-chique y otros ocupan cargos en la administración gubernamental. 
Primeros contactos con el mundo europeo 
José Solano, Apolinar Díaz de la Fuente y José Iturriaga, integrantes de la Comisión de Límites de la Corona española, llegaron a la confluencia de los ríos Orinoco, Guaviare y Atabapo un 22 de febrero de 1758. Allí vivían, en las cuencas de los ríos Orinoco, Atabapo, Guainía, Río Negro y Casiquiare, una pléyade de pueblos Maipure-Arawak, en convivencia de mutua ayuda e intercambio con sus vecinos de Brasil y Colombia. 

El primer contacto español ocurrió en una aldea de los Guaipunavi, cuyo jefe era el cacique Cuzurú, quien los recibió con naturalidad a ellos y a la comitiva de 35 personas que iban a fundar la Villa de San Fernando del Río Atabapo, en honor al rey Fernando VI y a las rojizas aguas del río que llevaba el nombre del cacique Ataba. Mientras que los españoles habían entrando por el Delta del Orinoco, los portugueses subían desde Brasil por el Río Negro buscando esclavos y sembrando la discordia en el seno de las comunidades Arawak, puesto que lo que ofrecían a cambio eran herramientas muy preciadas para solventar las duras condiciones de la región amazónica. Ya para esa época aquellas poblaciones estaban siendo azotadas por las incursiones de los Caribe, quienes ya formaban parte del tráfico de esclavos con sus aliados los holandeses. 

Los pueblos Arawak se han configurado como una red expansiva de relaciones comerciales, culturales y políticas, no sólo con los grupos indígenas sino también con europeos blancos o mestizos. 

Españoles y portugueses, a su vez, vivían en conflicto por la delimitación de las tierras indígenas: ¿hasta dónde eran de la Corona portuguesa, hasta dónde de la Corona española? Aquí se vivía en caliente la puesta en escena del diplomático Tratado de Tordesillas. No escapaban los pueblos indígenas a los azotes de esta contienda que venía a encandecerse con las políticas evangelizadoras y la obsesiva fiebre del oro, que muchas veces utilizaron perspicazmente los indígenas para deshacerse de sus enemigos, enviándolos a confines tan imaginarios como el delirio de los blancos. Añádase, para completar el dantesco retrato, los estragos de las epidemias que diezmaban una población sin defensas genéticas para enfermedades ajenas. 

Durante los siglos XVII y XVIII, los Arawak, que derivaban hacia una agricultura de plantaciones, serían entonces víctimas de una nueva “epidemia”: aquella que se desata en torno a la economía extractiva. Una fiebre daba paso a otra: quina, sarrapia, pendare, batalá, caucho, minerales, fibra de chiqui-chique. La riqueza de su entorno se convertía en la causa de su miseria. Sin embargo, su visión cósmica, sus poderes atávicos y una larga tradición de resistencia cultural, han permitido a los Arawak la reconstrucción de su orden, una y otra vez. 
La fiebre del caucho 
Aquel material que era usado por los indígenas para fabricar pelotas con las que jugaban en sus horas de ocio, iba a convertirse en materia prima de elementos fundamentales para el funcionamiento de la maquinaria industrial en el mundo occidental. En adelante las ruedas de las poleas, de los automóviles, de cualquier mecanismo que las necesitara, iban a ser de caucho, y el caucho estaba aquí, en Amazonas. 

Tanto los Baniva como los Kurripaco, Baré,Warequena y otros grupos Arawak del Sur de Venezuela, vivieron la cruel explotación del caucho por empresas nacionales y transnacionales como una de las épocas más trágicas de su historia. Fue a partir de 1885 cuando empezó de manera artesanal la actividad de extracción del látex del caucho (hevea brasiliensis), de mano de los patronos caucheros. Su industrialización comenzará a partir de 1940, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, a través de concesiones otorgadas a empresas internacionales como la Compañía Francesa y la Rubber Development Co. 

Durante los siglos XVII y XVIII, los Arawak, que derivaban hacia una agricultura de plantaciones, serían entonces víctimas de una nueva "epidemia": aquella que se desata en torno a la economía extractiva. 

Una década más tarde, a partir de las semillas extraídas ilegalmente por el señor Goodyear del Amazonas brasileño, surgirán las grandes plantaciones de Malasia, que resultaron ser económicamente más rentables y que desplazaron definitivamente a las de los bosques amazónicos. Quedaban desplazados, también, de sus regiones originarias, los pueblos capturados por los caucheros y luego abandonados a su suerte, pobres y enfermos aquellos que no habían muerto, diezmados por las plagas y la fatiga de extenuantes e interminables jornadas de maltratos físicos. 

En la memoria de los pueblos Arawak quedó imborrable aquella época funesta en la que sus antepasados eran cazados como esclavos, de aldea en aldea, para internarlos en la selva de sol a sol durante largos períodos, expuestos a enfermedades, ataques de animales y cuando menos al látigo de inhumanos capataces. Víctimas de una vieja práctica que se denominó el “endeude”, el empresario que dirigía las operaciones de extracción y que era también el comerciante de víveres, invitaba a los indígenas a tomar mercancías para su manutención con el compromiso de pagarlas con su trabajo, pero la cuenta era insaldable y el endeudamiento infinito. El empresario del cual era deudor el indígena podía venderlo a otro empresario con la correspondiente deuda, en una venta que incluía a la mujer y los hijos del esclavo indígena, y en caso de que éste muriera aquéllos quedaban como esclavos hasta que pudieran pagar la cuenta, cosa que casi nunca sucedía, pues la deuda se acumulaba progresivamente. Todo este fenómeno se daba con la anuencia de las autoridades políticas, quienes muchas veces se beneficiaron de esta abominable práctica. 

Fue así como murieron pueblos enteros. La huida era inútil porque el sistema abarcaba todas las fronteras: Colombia, Brasil, Venezuela, y porque aquellos que se atrevían a escapar y a vivir ocultos en las selvas más recónditas, de ser capturados no les esperaba menos que la horca. Las mujeres y los niños quedaban abandonados en las aldeas, las comunidades desmembradas, no había quien pescara, ni quien cazara, ni quien construyera una casa, una herramienta. En cambio, en el caserío de la plantación de caucho, los mismos hombres que extraían el látex de las selvas montañosas, sembraban el conuco para el patrón, molían la caña de azúcar, construían las casas del campamento, todo a cambio de unas pocas cosas para seguir sobreviviendo y endeudándose. 

Será a causa de toda esta historia que cuando a un niño Arawak le llega la hora de iniciarse en la vida adulta, los padres lo entregan al payé o chamán y le dicen: “Aquí traemos nuestro hijo para que lo enseñe a ver al diablo”. El látigo y el ayuno forman parte esencial en este ritual de aprendizaje en el que el payé aconseja a los muchachos sobre cómo enfrentarán las fuerzas demoníacas de las miserias humanas. El trabajo, el respeto, el desapego y la unión, son los dones para el saber de resistencia que el sabio entrega a los muchachos. Cada cultura lleva consigo el antídoto para los venenos de su propia historia. 

Texto de: Henriette Arreaza,para la Revista Memorias de Venezuela. Fotografías: Luis Alfonso Velasquez Rondon, ℭonceição ℭosta, Bruno Vinícius. 

Comentarios

  1. Me Parese Que Es Una Buena Informacion De Los Arawak. Es Muy Completa e Informatiba.........................

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  2. POR FIN DE NO SER POR ESTO ME UBIERAN PUESTO 0.000.000.000 EN LA NOTA DE SOCIALES

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  3. tenian ceramica ? eran talabarteros? los arawacos--

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  4. donde estan los arawak del sur

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