Los Andes venezolanos y sus culturas prehispánicas: el caso de los timoto-cuicas.

Ofrecemos al lector un fragmento del trabajo El tiempo prehispánico de Venezuela publicado en 1993, del etnohistoriador y antropólogo venezolano Rafael Strauss K. (1946), referido a la cultura prehispánica de los timoto-cuicas. Strauss, investigador de renombre, ex Director de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela y autor del Diccionario de Cultura Popular (1999) y El diablo en Venezuela. Certezas, comentarios, preguntas (2004), entre otros trabajos, nos ofrece aquí un interesante recorrido sobre las características culturales más resaltantes de este pueblo ancestral, emplazado geográficamente en la región andina del país. 

Los timotos o timotíes tenían como hábitat principal el Estado Mérida, y los cuicas, el territorio trujillano; que los ubica como pertenecientes al área cultural de los Andes venezolanos -definida por Miguel Acosta Saignes-. 

En cuanto a su filiación lingüística, algunos autores han preferido considerarlos como un grupo lingüístico aislado o de características un tanto especiales, por la presencia de vocablos arahuacos además de los chibchas propiamente dichos. Otros estudios -como los de Miguel Acosta Saignes-, sin embargo, los han agrupado conjuntamente con los chibchas y otros más plantean una vinculación con algunas lenguas de Centroamérica pertenecientes al tronco lingüístico chibcha”. 
Una característica primordial de la cultura timotocuica es el andén como sistema de cultivo, diferenciado de los sistemas de horticultura, quema y roza propios de otras áreas culturales del tiempo prehispánico venezolano. El andén se obtenía cortando grandes escalones en las colinas, fortaleciendo sus límites con piedras y fertilizando por medio del riego. Gracias a largos canales, medidos de manera precisa particularmente para vencer obstáculos del terreno, lograban llevar agua a través de grandes extensiones. Los quimpúes o estanques complementaban aquella estructura favoreciendo una permanente provisión de agua. Como tercer elemento importante del complejo agrícola las culturas de nuestros andes construyeron los mintoyes que eran utilizados como almacenes, como tumbas y, eventualmente como lugar de residencia. 

Entre los productos agrícolas están el maíz y la papa. Además de ellos, la yuca dulce, frijoles y otros que algunas fuentes mencionan con los nombres de michiruy, saní, quiba, mecuy, istú, guaba, tachure, gúsare, munse y tisís. Aprovechaban el fique, una especie de agave o cocuiza, del que obtenían fibras para hacer tejidos. También el hayo se encontraba entre sus productos, extendido, además, hasta pueblos arahuacos y caribes, así como el algodón. Las crónicas informan, por otro lado, que los pueblos de nuestros Andes habían domesticado el paují, las tórtolas y diversas aves de plumajes magníficos. 

El comercio representó para estos pueblos labor importantísima y, al parecer, existieron productos dedicados específicamente para el intercambio. Entre ellos, mantas, chimó, urao, esteras de agave y de junco, vestidos de algodón, tejidos de fique, piedras consideradas preciosas como la nefrita y la serpentina, alfileres de macanilla o topos y quiteros o cuentas de caracoles, procedentes, principalmente del pie de monte andino. La urea o sesquicarbonato de sosa, extraída principalmente de la laguna de Urao, en Lagunillas (Estado Mérida), sustituía la sal, pero cocida se usaba principalmente chimó o tabaco para mascar. Ambas industrias han sobrevivido en nuestro país. 

La abundancia de nefrita y serpentina en las excavaciones arqueológicas hacen suponer que nuestros habitantes prehispánicos de los Andes las consideraban piedras preciosas, máxime cuando con ellas tallaban figuras, principalmente de animales, tratamiento especial que induce a suponer una utilización ceremonial. La papa fue un importante producto agrícola que se extendió fuera de los predios andinos tanto en la época prehispánica como posteriormente. Fue importante producto para el comercio la manta andina y, en general, tejidos hechos con otras fibras. Sabemos que desde estas tierras andinas eran llevadas hacia las tierras bajas del área lacustre marabina en donde se cambiaban por sal y productos alimenticios de esta zona. El transporte de estos productos para el comercio se hacía por caminos, principalmente cordilleranos. En algunos sitios, para salvar abismos, se usó el sistema de tarabita. Se fabricaban con bejucos y cuerdas de fique y consistía en un recipiente, a veces capaz de contener más de una persona, que se hacía pasar de un extremo al otro por medio de cuerdas. Este sistema, en algunos casos modernizado en los materiales de construcción, aún puede verse y se utiliza en algunos sitios de nuestros Andes. 

La concepción del trabajo en los Andes prehispánicos era comunitaria, en cayapa, a manera de labores en base a la cooperación. Con este mismo sistema se construían fuertes. Dice Acosta Saignes, además, que cuando los fuertes quedaban situados en colinas rodeadas de precipios, con una sola entrada, en ésta se instalaban verdaderos puentes levadizos y tarabitas. En estas construcciones se previó la de mintoyes o depósitos de productos, principalmente agrícolas, de cuya reserva podría depender la duración de la defensa. 

Para las acciones de guerra los andinos de la Venezuela prehispánica solían entonar cantos y sus armas consistían en arcos, macanas, hondas y flechas, estas últimas impregnadas de un tóxico paralizante más que mortal. El siguiente Canto Guerrero ha sido conocido gracias a Tulio Febres Cordero: “Corre veloz el viento;/corre veloz el agua,/corre veloz la piedra que cae de la montaña./ Corred, guerreros;/ volved en contra del enemigo;/ corred veloces,/ como el viento, como el agua,/ como la piedra que cae de la montaña. Fuerte es el árbol que resiste el viento;/ fuerte es la roca que resiste el río;/ fuerte es la nieve de nuestros páramos que resiste el frío./ ¡Pelead, guerreros!/ ¡Mostraos fuertes,/ como los árboles,/ como las rocas,/ como las nieves de la montaña! 

La organización social de estas gentes, al parecer, tuvo una base de tipo sacerdotal, que incluyó sacerdotisas, con un jefe supremo posiblemente escogido por elección especial, y con una concepción comunitaria del trabajo aplicada a todas las labores. Como pueblos de filiación cultural chibcha quizá la descendencia se contase por la línea materna y un indicio puede ser que antes de la boda, la residencia de la nueva pareja era de carácter matrilocal y que el novio prestaba servicios a la madre de la novia. 

La base sacerdotal a la que hemos aludido está sugerida por la organización que se percibe en el aspecto religioso de estas culturas y la existencia de lo que al parecer fueron centros ceremoniales. Hemos mencionado el de Escuque. Los sacrificios de niñas persistieron, secretamente, en la Laguna de Urao, hasta tiempos coloniales. 

Icaque, la diosa prehispánica andina, así como su templo y el ritual con el que la veneraban, fueron descritos por Juan de Castellanos, quien señala que se hacían fiestas en su nombre, donde sacrificaban gentes vivas. 

Acerca de Ches, dios supremo, Alfredo Jahn lo presenta como “un espíritu dispensador del bien y del castigo... que habitaba las cumbres más elevadas y los lagos solitarios... El Ches sólo se comunicaba con los piaches, mohanes o mojanes, sacerdotes-curanderos que les servían de agentes y que eran ciegamente acatados”. El objeto principal de las ceremonias involucradas con el Ches, era obtener de él, el pronóstico de que si será o no favorable la estación a los cultivos de los indios, y en caso de que este fuera desfavorable, se hacían sacrificios para tornar favorables los acontecimientos futuros. Si el augurio del Ches era favorable, se celebraba una gran fiesta en su honor, en la cual abundaban viandas, bebidas y bailes. 

Nuestras culturas andinas veneraron también al muerciélago, representado en figuras hechas con piedra de nefrita y que colocaban bajo la cabeza del difunto. Acosta Saignes, por su parte, la posibilidad de que estas representaciones tengan que ver con una concepción del murciélago como divinidad de la muerte o como un mensajero. Otro animal, venerado como dios de la guerra, fue el venado y como símbolo de jerarquía el paují. 

Las culturas prehispánicas de los Andes venezolanos desarrollaron además, un sistema de la numeración y, al parecer, un calendario. Según Tulio Febres Cordero, numeración de estos pueblos era decimal y para contar de once hasta diecinueve, decían tabís-carí, diez uno; tabís-jen, diez dos; tabís-hisjut, diez tres, etc. El número 20 era jemtabís, dos dieces; 30, hisjuttabís… El 100 lo expresaban con la voz doble tabís-tabís, diez dieces. Ignoramos si tenían palabra especial para el 1.000, pero siguiendo el plan regular establecido, es probable que dijeran tabís-tabís-tabís, diez cientos. Basados en este sistema de numeración, escribía Julio César Salas, los Tatuyes de Mérida empleaban para sus operaciones de aritmética cuerdas anudadas muy parecidas a los quipus y para sus operaciones comerciales cierto tipo de moneda llamada ‘quiripa’, hecha de la cáscara de caracoles a los que abrían un pequeño hueco y luego redondeaban por medio del frote hasta convertirlos en hermosos discos. 

Escrito por: Rafael Strauss K, para la Revista Memorias de Venezuela. Fotografía de Sphenodiscus y Espasa Arcadia.

Comentarios

  1. increible muchas gracias

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  2. Lo mejor que he encontrados sobre los Timotos. Excelente...

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