El Pueblo Yanomami y su alimentación (Parte I)

Poderosa y frágil a la vez, nuestra selva amazónica es parte de esa Venezuela desconocida para muchos venezolanos que espera de sus hijos el que vuelvan hacia ella sus miradas atentas. 

De esa selva milenaria apenas posada sobre la tierra, manan las aguas de nuestros grandes ríos. Es la callada madre del Orinoco, es el cofre viviente en que se guardan, como en un arcón antiguo, los variados tesoros que una naturaleza generosa nos dejó como herencia: flores de belleza increíble en cuyos pétalos y gráciles tallos percibe el hombre la secreta, pero no por ello menos evidente, intención de su Creador Wanadi (el creador de los hombres en la selva), pájaros que cruzan la penumbra de la selva como relámpagos de arco iris, mariposas gigantes, nubes de mariposas que entretejen sus vuelos al margen de los caños; insectos, peces, mamíferos, felinos, árboles que lanzan sus copas hacia el cielo en desesperada búsqueda de luz solar.  

Pero, sobre todo, esta selva nuestra alberga Pueblos. Pueblos que estaban allí mucho antes de que vibrara en el aire ese dulce diminutivo que es el nombre dado a nuestra patria. Pueblos entretejidos con la selva, viviendo en ella, junto a ella y con ella, sin herirla ni hacerle daño alguno. Esos pueblos son los yanomami. Quedan pocos ya, cada día menos, empujados más y más hacia la disolución de su entidad cultural, hacia la muerte de una raza que vio crecer los primeros grandes árboles de la selva nuestra. 

Para conservar la sabiduría de ese pueblo y despertar hacia él el amor de los venezolanos; para que aprendamos a respetar a un pueblo que ha sabido desarrollar un nivel de organización social que nos puede servir de ejemplo; para que tomemos una conciencia cada vez más amplia y certera de lo que tenemos y de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser –a través de la preservación y del profundo querer a nuestra patria- la Fundación KanoboSur realiza investigaciones y recopilaciones literarias de los pueblos aborígenes de Suramérica, continuando así su empeño en divulgar el conocimiento de nuestros pueblos originarios de donde nacimos y de la gente que comparte nuestro destino. 
Los Yanomami son agricultores, cazadores, pescadores y recolectores. Se ha pretendido que sean aún más “salvajes” de lo que son en la realidad. Sin embargo, todos los indicios señalan que la agricultura es de antigua introducción. 

La importancia respectiva de las diferentes actividades (citadas más arriba) implicadas en la producción de alimentos, varía según la región, la estación del año (invierno o verano) y la situación bélica de cada shapono. Años hay en los que la cosecha de los conucos es insuficiente porque, por “pereza”, sus superficies se calcularon con excesiva tacañería. 

Esta es una situación que reaparece periódicamente pero que nunca alcanza niveles de catástrofe; dicho sea de otro modo, los Yanomami pueden pagarse el lujo de la imprevisión. Cuando en la comunidad faltan los plátanos (el pan yanomami) y los productos cultivados, nomadean por la selva más a menudo y, por la misma razón, dependen más estrechamente de los productos silvestres; asimismo, pueden irse a vivir con sus vecinos y familiares a condición de devolver algún día la hospitalidad recibida. No hay nunca hambruna propiamente dicha porque su estrategia productiva es amplia y flexible: los indios no se juegan todo a una sola carta, no dependen de un único recurso; además, la solidaridad juega, en ciertos casos, el papel de un “seguro social” (...). 
Para los Yanomami, la muerte tiene un origen místico indisoluble del fuego: Caimán lleva las brasas ocultas en sus fauces. Una conspiración de Pájaros-Yanomami se fraguó para arrebatárselo. Hicieron muchas morisquetas sin lograr que Caimán abriera la boca hasta que Tucusito Negro se ensució en las caras de los espectadores, entonces Caimán rompió a reír y perdió el fuego. Furioso, lanzó una maldición: “¡El fuego les devorará cuando mueran, dejarán de ser inmortales y se abrasarán!”. Y eso es lo que, desde aquel entonces, viene sucediendo. 

El fuego con el cultivan o cocinan, el fuego que los diferencia del resto de los seres vivos de su universo, es el elemento que los acompañara en el trance supremo. Los vivos queman a los muertos y consumen sus cenizas en una fase ritual del reahu. Llamarles antropófagos tendría el mismo sentido que adjetivar así a los que reciben transfusiones de sangre o trasplantes de corazón o, incluso, a los íntimos amantes (…). Los familiares y amigos beben el carato de plátano en el que se han mezclado las cenizas celosamente custodiadas desde hace meses o incluso años por sus más allegados. El plumón blanco de gavilán en las cabezas de los comulgantes subraya la solemnidad de la ocasión (…). 
El pijiguao 
Los Yanomami cultivan la palma pijiguao (Guilielma gasipaes) la cual, al parecer, no se encuentra en estado silvestre: si alguna vez se halla una es porque en ese sitio de la selva hubo antes un conuco del cual palma es un resto. Así, estas palmas tienen dueños: alguien que, con el derecho a cosecharlas, las sembró años atrás. Su fruto se come sancochado o asado; es un excelente alimento, rico en proteínas, carbohidratos y grasas, además de muy sabroso. Se cosecha de diciembre a febrero y, mucho menos, en el mes de junio. 

Como au tronco está erizado en espiral por largas espinas, para no cortarla, los Yanomami han inventado un ingenioso andamio para trepar por ella: dos pares de palos cruzados insertados en dos anillos de bejuco colocados alrededor del tronco. Al descansar el peso sobre el extremo libre de una de estas aspas, el anillo de bejuco se aprieta y mantiene fijo el juego de palos; la otra tijera, ahora floja al no soportar peso, se empuja hacia arriba. Alternando la operación, el trepador sube hasta alcanzar las codiciadas drupas. 

El cacao 
El cacao silvestre abunda en las selvas del Alto Orinoco. De hecho, fue la noticia de esta copiosidad de cacahuales la que motivó, en pleno siglo XVIII, las primeras expediciones españolas por estas tierras. Los Yanomami comen gustosamente la pulpa blanca de sus frutos. Las semillas (de las que se fabrica el chocolate) son, cocinadas, asadas o sancochadas. Otra utilidad de este árbol es que su rojiza madera es muy adecuada para hacer fuego por fricción. 
Pesca 
En verano, cuando las aguas bajan, los yanomami se aprestan para la pesca. Los Yanomami desconocían el uso del anzuelo pero no el de los muchos barbascos que, macerados en los caños, asfixian a los pescados. Hoy el uso de estos venenos están prohibidos pero el indígena, siempre que se ha sentido dueño de una tierra que debía legar a su descendencia, los ha usado con evidente mesura: “a fin de cuentas, la disminución del volumen acuático va a exterminar buena parte de estos pescados, es mejor sacarles provecho antes de que eso ocurra”, razona el indio. 

Otras veces, si no han preparado ningún barbasco, las mujeres chapotean en el riachuelo hasta que los peces, desorientados y semiasfixiados por la turbiedad, acaban en los mapires o cestas de las pescadoras.

Fotografías: Maiquel, Indígena de la etnia Yanomami, en el campamento Parima B, al sureste del Edo Amazonas, Venezuela. Bruno Vinícius. Ronald de Hommel. Bruno Vinícius, Euterpe oleracea. Gabriel Leitão.

Comentarios