El país de los artesanos

El país de los artesanos existe desde el momento en que el hombre agarró una piedra y la percutió contra otra para sacarle filo. Cuando el hombre se sentó a entrecruzar bejucos y elaboró cestas en donde llevar peces y frutas hasta la aldea. Cuando ensartó en un hilo, conchas, huesos y semillas para hacer amuletos que protegían contra los malos espíritus. Cuando dobló, en forma de cucurucho, una corteza de árbol para soplarla y sacarle sonidos que imitaran el canto de los pájaros. 

El país de los artesanos existe porque el instinto de permanencia nos hizo homo faber, hacedores de cultura por medio de las manos. Karl Marx apunta que la capacidad de elaborar herramientas no define como seres humanos: somos una especie capaz de elaborar artefactos que, a la vez, sirven para hacer otros artefactos. Y la herramienta por excelencia es la mano. La mano conectada con la sapiencia y la intencionalidad en el hacer. El país de los artesanos existe, porque existen las manos. 

El país de los artesanos es silencioso. Transcurre detrás de bastidores, sin aspavientos. Y crece por dentro, lentamente, enriqueciendo nuestra vida material y haciendo más humana la estancia. Tendremos noticias del país de los artesanos, si nos detenemos a explorar los espacios más entrañables: la taza con la que tomamos el primer café del día, la olla de barro en la que se cuecen los guisos, la talla religiosa que acompaña nuestras plegarias, el chinchorro en el que descansamos después de la faena, la trampa para atrapar cangrejos en el delta, la manta que nos protege de la inclemencia del frío. 

El país de los artesanos es solar y solariego. En ese país, el astro rey sale más temprano para calentar los talleres y los telares desde donde salen tejidos irrepetibles. Y al artesano le resulta imposible desligarse de su geografía. Está hecho de su entorno, respirar por lo que le rodea, es endógeno. Si vive junto a un morichal, tejerá cestas con fibra de moriche. Si vive tierra adentro, sobre una loma de arcilla roja, cocerá ese mismo barro para hacer budares o tinajas. Si vive rodeado de maderas autóctonas –como el miguelito o el nazareno-, recogerá esos palos y los transformará en tallas que deleiten, o en utillaje para el uso doméstico. Si vive en una ciudad de cristal, de su taller saldrán translúcidas piezas de vidrio. Porque el país de los artesanos se construye a mano con la materia prima que circunda a los artífices: tierra, madera, conchas, piedras, cuero, fibras vegetales, vidrio, metales, pigmentos naturales o desechos industriales. 

El país de los artesanos es digno y soberano. Se levanta corajudamente después de diluvios y sequías. En ocasiones no se ve, pues el artesano suele vivir en parajes aislados, pero su aliento creador no deja de soplar entre nosotros. Es el impulso de la renovación constante de la vida. El mismo impulso que nos impele a resistir mediante el hacer, a remodelar lo astillado, a transformar lo informe e indómito en ingenios humanos que distribuyen y multiplican los dones, que reguardan y celebran nuestro paso por la tierra. 

Luis Enrique Belmonte 

Bibliografía: Cantv: Aliados Sociales Manos creadoras, texto e investigación Luis Enrique Belmonte, pagina 6/8, Fotografía John Márquez y Javier Arturo Márquez, Caracas Venezuela 2012.

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