La Chinantla oaxaqueña, cuna de la vainilla

Esta publicación se suma a la línea de ecogastronomía que tiene la Fundación KanoboSur, destacando el comercio de productos alimenticio en el mercado gastronómico de Suramérica y otros países. 

En la región de la Chinantla oaxaqueña, cuna de la vainilla, este fruto contribuye a restaurar el ecosistema en el sentido más amplio, incluido el humano y la cultura que conlleva. 

La región de la Chinantla en Oaxaca, destaca en el mapa de la biodiversidad mundial por ser la cuna genética de la vainilla. Hoy este sitio está protegido por integración de sus habitantes con la naturaleza. “Es respeto y reciprocidad con la tierra”, dice Teatinos Martínez, ingeniero agrónomo especializado en esta orquídea. 

Llegamos una mañana de diciembre, época de la cosecha, a esta zona de selva alta perennifolia, “la Chinantla inaccesible”, como la llama Elías García, quien coordina la comercialización de la vainilla de esta región. En la parcela abundan los árboles de cedro, plátano, mamey, nanche y cafetales, por cuyos troncos se enredan en varias vueltas los tallos de vainilla. “Tres vueltas al menos, para guardar la humedad del tallo”, explica Teatinos, “esta planta que contribuye a la reforestación de la selva”. 

El colibrí, polinizador 
Considerada como la frontera septentrional del trópico húmedo en América, la Chinantla es una zona de transición biológica cuyo fruto por excelencia sería la vainilla. Es aquí donde está la mayor variedad, explica Elías: la Planifolia o Colibrí y la Cerro Verde, que también se cultivan en Papantla, Veracruz (otra zona productora importante), además de las endémicas como Cerro de Pita, Cerro Amarillo y Tlatepuzco, esta última de un aroma excepcional. La gran lección de la naturaleza es que la polinización natural de esta orquídea la realiza el colibrí, el cual elige sólo las mejores flores de un racimo, nunca más de tres, con lo que la planta de unas vainas –de ahí su nombre- que alcanzan hasta los 22 centímetros de largo. 

“Las mejores, las más perfectas y perfumadas, son las que suele polinizar el colibrí”, afirma Elías, originario del Valle de Usila, en esta sierra mazateca, quien ha logrado colocar la vainilla chinanteca en los mercados de especias más exigentes de Europa y Norteamérica. “La fórmula no ha sido otra que respetar la producción conforme a los valores de los pueblos indígenas: un proceso natural desde la siembra hasta el beneficiado y una buena dosis del exotismo selvático, que para los extranjeros resulta mágico”. 

Reapropiarse la Tierra 
Las sucesivas visitas de expertos en vainilla les abrieron los ojos a los dueños de estas parcelas en torno al tesoro que les ofrecía la tierra. Elías García, quien se define como un “facilitador” de este proceso que ya lleva 25 años, asegura que ha implicado reaprender a convivir con la naturaleza. 

Acostumbrados a recibir visitas, en especial científicos, se han planteado con cautela la conveniencia de abrir la ruta del tesoro a un público más amplio, curioso de descubrir los secretos de esta perfumada vaina. 

Por más extraordinario que sea el cultivo de la vainilla y bien pagada en los mercados gourmet, “no es la solución económica para esta comunidad de agricultores sino un elemento más para revalorar lo propio”, dice Elías. En la visión holística de las comunidades indígenas no se depende de un solo cultivo, no se pueden descuidar el café, el maíz todas las demás actividades esenciales para la subsistencia. “La vainilla”, concluye, “es un catalizador para las actividades productivas que nos lleva a elaborar un discurso de conservación desde nuestra cultura y nuestra visión del mundo, como producir y hacer bien en el respeto de la naturaleza”. 

Bibliografía: Eva Muñoz Ledo, Destinos protegidos. National Geographic Traveler, Marzo del 2012. Fotografía de Tahiti Tourisme España.

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