Vino Tropical: remembranza decimonónica

Movido por la curiosidad de bibliófilo hojeaba cierto día un voluminoso y pesado tomo salido, en 1833, con motivo del centenario del Libertador, de la Imprenta del Vapor El Cojo en Caracas. Se trataba de un álbum publicado por Herrera Irigoyen, propietario de aquella empresa, editado en sólo tres ejemplares según consta en su portada interna. El libro fue para su época un alarde de los magníficos trabajos que podían salir de las prensas de aquel taller. Desfilaron ante mis ojos las planchas a color con retratos de Bolívar y del Ilustre Americano, a quien naturalmente estaba dedicada la obra que tenía en mis manos. 

El atractivo de la calidad tipográfica fue amainando a medida que pasaba las gruesas páginas y constataba cómo el volumen no era más que una mezcla de adulación a Guzmán Blanco y propaganda de los famosos tabacos que fabricaba el nombrado empresario. Sin embargo, casi al final, me topé con un muestrario de los trabajos realizados por la imprenta para sus clientes, entre los cuales atajo poderosamente mi atención el facsímil de una etiqueta de vino de fruta, de factura inconfundiblemente finisecular, ilustrada con una especie de guirnalda en óvalo muy adornada, al centro de la cual podía leerse: «Ananás/Vino exquisito/F.B./Petare». Con gran emoción contemplé aquel vestigio de la vida cotidiana decimonónica. Siempre había deseado encontrar etiquetas de bebidas venezolanas del siglo pasado, sin éxito. Frustración inexplicable por lo banal del objeto de mi búsqueda, destinado a desaparecer al quebrarse la botella que lo ostentaba o al ser removido con agua para dar nuevo uso al recipiente. Pero he aquí que, al fin, donde menos me esperaba, había encontrado éste espléndido ejemplar. 

El texto no dejaba de ser enigmático, pues no se trataba de una industria común en aquel tiempo, ni era suficientemente claro respecto del productor. Llevado por ese ímpetu expansivo de la indagación histórica, en un todo símil a la detectivesca, me di a la tarea de investigar sobre aquel misterioso producto y sobre su no menos incógnito autor. No tardé en hallar que detrás de aquella etiqueta, existía un extraordinario personaje que, a medida que avanzaba en la lectura de libros y documentos, se iba dibujando como venezolano notable que a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, en medio de las balas, las epidemias y la politiquería, había dedicado su existencia a lo que Gil Fortoul llamaba los trabajos de la paz. Su nombre completo era Fernando Bolet, y había nacido en Caracas a comienzos del sigo XIX. 

Nuestro héroe civil –¿Por qué no llamarlo así, por contraposición a tanta espada destructora?–, siguió sus estudios en nuestra capital hasta culminar, en 1840, su carrera universitaria, graduándose de médico. Poco después se retiró a Petare, al parecer por motivos de salud y establecido en aquel pintoresco pueblo se dio al ejercicio de su profesión, que con hondo sentido patriótico, alternó con la enseñanza artesanal destinada a los hijos de los pobres del lugar. Su casa, situada en la calle Gedler, nº 13, no tardó en convertirse en centro de difusión de conocimientos industriales. 

Este caraqueño benemérito puso todo su empeño en mejorar la salud de sus vecinos y, a la vez, en dotarlos de una riqueza material, que redundó en ventajas para el paladar de los venezolanos. En efecto, fundó una fábrica de licores elaborados con productos del país, cuya preparación acuciosa y honesta dio como resultado productos tan sobresalientes que merecieron premios en varias exposiciones, nacionales e internacionales. Especial difusión por su excelencia tuvieron, al decir de Adolfo Ernst, sus vinos, cuya fabricación «nació en la época cuando los vinos ordinarios de España estaban agravados de un fuerte derecho de importación. El resultado era muy satisfactorio y el consumo bastante considerable…» El paladar del sabio naturalista daba al vino de naranjas del Dr. Bolet la calificación de muy agradable, pero el producto óptimo, según la misma fuente, era el seco de piña, merecedor de un destacado galardón en la Exposición del Centenario. Precisamente se trataba de la bebida cuya etiqueta habíamos encontrado. 

No sólo se distinguió Bolet por sus vinos de fruta, sino que también de su manufactura petareña salieron estupendas mieles de abeja y un brandy de flores destilado a partir de aquélla. La apicultura venezolana le debe introducción de la abeja de Liguria que, con paciencia de amante de la naturaleza, logró aclimatar en su propiedad, llegando a poseer 800 colmenas. Pero también produjo buen café e incluso una cerveza negra, muy afamada entre sus contemporáneos. Espíritu emprendedor, supo sacar partido para su beneficio y el de su comunidad, de los productos de la tierra, sin descuidar una actividad humanitaria que por vía de su oficio de galeno o por la enseñanza técnica que impartió, llevó a que fuese considerado padre de los menesterosos, como lo atestigua su biógrafo J.M. de los ríos. 

Este médico singular fue un gran admirador de Horacio y de Virgilio, cuya poesía podía leer en su idioma original, pues había alcanzado un perfecto dominio de la lengua latina. Bucólica debió ser su vida en aquel Petare decimonónico, lleno de verdor y aire puro, propicio para la lectura de odas y de églogas. Allí lo encontró la hija del representante de Francia en Venezuela en 1878, Jenny de Tallenay quien lo describe como «de alta estatura, vigoroso y lleno de salud». La joven almorzó en su mesa un excelente sancocho de gallina y nos dice que «En los postres, el Doctor nos hizo probar vino de naranjas e hidromiel fabricados en su casa». 

Según se cuenta murió a fines de la centuria decimonónica, el recibir un golpe accidental en la cabeza cuando salía de un ranchito a donde había ido a llevar el consuelo de su profesión. Lamentablemente, su industria no tuvo quien la continuara, desapareciendo poco después de su muerte. ¿No es el ejemplo del Dr. Bolet digno de ser emulado? ¿Podremos alguna vez degustar de nuevo un buen vino de frutas en Venezuela, con que llenar nuestras copas y brindar a la memoria del insigne productor desaparecido? 


Bibliografía: José Rafael Lovera, Gastronáuticas, ensayos sobre temas gastronómicos, páginas 167/169. Fundación Bigott, año de edición 2006.
Chirimolla foto de Shanik Nouban

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