Breve piedra de moler, el maíz y la arepa

¡Deja de ser parte armoniosa de la existencia universal el grano de arena porque su pequeñez le hace invisible en la elevación de las montañas! ¡Carece de importancia un texto porque solamente cuenta a los demás la vida y las costumbres sencillas de los hombres que iniciaron la historia de un pueblo! 

La inteligencia del hombre precolombino había adelantado varios pasos en el camino de su propia civilización y eso le proporcionaba algunas comodidades para el momento en que llegó el conquistador español. Había aprendido a someter a cocción los tubérculos, frutos, peces, aves y otros pequeños animales sustraídos a las selvas, ríos y horizontes de un mundo inédito y fecundo. 

Había distado sus primeras y rústicas lecciones de sociología bailando alrededor de una hoguera en la cual se asaba un cerdo o un venado, y había erigido su teogonía selvática con el demente rito de las bebidas fermentadas. Había aprendido también a cazar. Y a medida que desarrollaba su entendimiento quería hacer más compleja y menos nómada su vida. Empinándose sobre su mente la inexperta inteligencia le gritaba que debía transformar en comestible ese fruto pequeño y amarillo que lograba en los bosques como mazorcas prodigas: el maíz. 

Y se puso a ensayar. Primero lo sometió a cocción entre las cenizas calientes. Luego en las ollas de barro. Más tarde lo desgranó y lo redujo a una pasta blanca triturándolo entre dos piedras: una larga, delgada y cóncava, semejante a una batea, y la otra corta, gruesa y convexa. 

Así apareció y subsistió en la vida aborigen la piedra de moler, que duró muchos siglos convirtiendo el maíz en una pasta apropiada para lograr ese pan americano de insustituible preferencia que se llama la arepa. 

Varios siglos antes del descubrimiento ese objeto del hogar, producto del ingenio aborigen, sirvió para triturar maíz, cacao, granos y otros alimentos que tomaron formas de panelitas y mantuvieron presente la roja raza de América en el mundo. 

En los campos de los Andes venezolanos, donde la pobreza quita al hombre los recursos para comprar el molino de metal, la piedra de moler, todavía, al frente de la choza humilde, es un instrumento primitivo pero insustituible en el proceso de preparar la alimentación con las diversas formas en que se puede elaborar el cereal del maíz. 

Bibliografía: Hernan Rosales F., A la luz de los candiles (vida y costumbres tachirenses), paginas 16-17, Caracas Venezuela 1963. 
Fotografia de Maria Noel.

Comentarios