Goloso cronista de la naturaleza americana

Nacido nuestro personaje en Madrid en 1478, de familia hidalga asturiana entró desde su infancia, a los doce años, al servicio de importantes cortesanos como paje y luego como secretario, pues desde muy temprano se inclinó a los estudios y alcanzó una sólida formación autodidacta que lo llevó a escribir más tarde una extensa y variada obra en la cual sobresale el Sumario de la natural historia de Las Indias (Toledo, 1526), epítome de una historia general más extensa, parte de la cual publicó en Sevilla en 1535, debiendo aguardar el resto de esta importantísima obra varios siglos para salir completa a mediados del siglo XIX. 

No sólo adquirió habilidad con la pluma, sino también con la espada y aun con las tijeras, pues según testimonios de su época, fue un maestro en recortar con ellas figuras de papel con las que asombró en su juventud a los cortesanos, especialmente en Italia. Ducho en las armas, tuvo variada experiencia indiana, residiendo largo tiempo en las Antillas, donde falleció en Santo Domingo en 1557. Testigo de numerosos acontecimientos de aquella época turbulenta, interlocutor de muchos de los más conocidos conquistadores, reunió numerosos y valiosos datos de primera mano que le permitieron dibujar uno de los más completos y espléndidos tapices de la conquista. Su inclinación por la historia natural sin duda su inquieto desprejuiciado paladar, lo llevaron a familiarizarse con las plantas y animales del Nuevo Mundo, que describió con esmerado cuidado y probó con no menos fruición, intercalado en sus largas páginas historiales, las evocaciones que de su vida en las cortes europeas, le produjeron los condumios americanos. Así, por ejemplo, cuando probo la piña que considera «una de las más hermosas frutas que yo he visto en todo lo que del mundo he andado», afirma que en ninguno de los dominios del emperador Carlos V «no hay tan linda fruta aunque entren los milleruelos de Sicilia, ni peras moscaretas, ni todas aquellas frutas excelentes que el Rey Femando de Nápoles, acumuló en sus jardines del Parque y el Paraíso. Ni se haya en los jardines del Duque de Ferrara, Ercole, ni en la huerta portátil en carretones, del señor Ludovico Esforza , Duque de Milán, en que le llevaban los árboles, cargados de fruta, hasta la mesa y a su cámara», reminiscencias relumbrantes de la buena vida renacentista. Pero no sólo celebra la piña por la hermosura de su vista, sino también por la suavidad de su olor y su excelente sabor. 

Muestra también nuestro goloso cronista su buen humor al referir lo que le aconteció al comer por primera vez tunas, también llamadas higos. 

El año mil e quinientos quince, viniendo yo de la Tierra Firma a esta cibdad de Sancto Domingo, después que me desembarqué en el fin desta isla Española, viniendo por la provincia de Xaraguá, venía el piloto Andrés Niño e otros compañeros; y como algunos de ellos eran más pláticos en la tierra que yo, y conoscian esta fructa, comíanla de buena gana, porque en el campo hallábamos mucha della. E yo comencé a les hacer compañía en el manjar, e comí algunas dellas, e supiéranos bien, y cuando fue hora de parar a comer, apeámenos de los caballos a par de un río, en el campo, e yo apárteme a verter aguas, e oriné una gran cantidad de verdadera sangre (a lo que a mí me parescía), y aún no osé verter tanta cuanta pudiera o me pedía la nescedidad, pensando que se me podría acabar la vida de aquella manera: porque sin dubda creí que tenía todas las venas del cuerpo rompidas, e que se me había ido la sangre toda a la vejiga, como hombre sin experiencia de la fructa, e que tan poco alcanzaba a entender la composición e orden de las venas, ni la propiedad de las tunas que había comido. E como quedé empantado e se me mudó la color por mi miedo, llegóse a mi el Andrés Niño (el cual fue aquel piloto que se perdió después en la mar del Sur, en el descubrimiento del capitán Gil González de Ávila, como se dirá en su lugar), el cual era hombre de bien e mi amigo, e queriendo burlar conmigo, dijome: «Señor, parénsceme que tenéis mala color. 

¿Qué tal os sentís? ¿Duéleos algo?». Y esto decíalo él tan sereno e sin alteración, que yo creí que, condoliéndose de mi mal, decía verdad. Respondile asi: «A mí no me duele nada; más daría yo mi caballo e otros cuatro por estar en Sancto Domingo e cerca del licenciado Barreda, que es gran médico; porque pudo encubrir más la risa, y porque me vido en congoja (y a la verdad no era poca), replicó riéndose: «Señor, no temáis: que las tunas hacen que séis eso, y cuando tornéis a orinar, será menos turbia la orina con mucha parte, y a la segunda o tercera vez, no habrá nada deso ni habréis menester al licenciado Barreda que decís, ni habrá causa que deis los caballos, que agora prometíades». Yo quedé consolado y en parte curado, aunque no del todo, hasta que entre los de la compañía vi que había más novicios espantados de la misma manera, y que estaban en el mismo trabajo. 

Para incluir citemos la opinión de nuestro gastrónomo renacentista sobre la iguana y sus huevos: 

Yo he comido estos animales en la Tierra firma algunas veces, y muchas más en esta cibdad, y aún me los traen por la mar desde la isla de la Mona, donde hay muchos, que es cincuenta leguas de aquí, y es muy buen manjar. Y como experimentado, quiero avisar a quien esto leyere en estas partes (si indios faltaren, como faltan), de la manera e arte que han de tener para guisarlos huevos de la iuana, porque hallarán porverdad. Que queriendo hacer una tortilla de los huevos, o freírlos como los que dicen estrellados, no se podrá hacer con aceite ni manteca, porque nunca se cuajaran; más echando agua en lugar de aceite, se cuajan e guisan. Esto acosa probada e cierta, e otro indicio para porfiar a sabiendas de los que menos entienden, que éste es pescado, e tan amigo del agua, que se conforma más con ella que con los materiales de la tierra. 

Allí tiene el lector una original receta de la tortilla a la que sólo le falta la sal. 

Bibliografía: José Rafael Lovera, Gastronáuticas, ensayos sobre temas gastronómicos, páginas de 217-219. Fundación Bigott, año de edición 2006.
Ilustración de Zdzislaw Beksinski 

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