Suero, nata y mantequilla en Venezuela

Si nos detenemos a pensar, por un momento, que existe una numerosísima población, sobre todo en el Asia lejana, que sufre de lo que los científicos han llamado “mala absorción de la lactosa”, comprenderemos la dicha que no cabe a quienes desde tiempo inmemorial consumimos sin problema ese precioso don que nos da el ganado vacuno y el caprino. 

Si bien en tiempos históricos, los venezolanos consumieron más que leche fresca, los productos derivados de ella, no podemos menos que constatar lo saludable y gustoso que es un vaso de leche y por ende llegar a la conclusión de que el viejo dicho “el hombre no toma leche después del destete” ha caído en desuso. 

No hay duda de que es el queso el príncipe de los productos lácteos, pero no debemos titubear en afirmar que hay otros que compiten con él en esa jerarquía. Nos referimos al suero, a la nata y a la mantequilla. ¡A quién no se le ha hecho agua la boca cuando al lado de unas humeantes arepas aparece en la mesa una botella de suero o un plato de nata! ¡Cómo no dejar de enternecerse recodando, por ejemplo, unas arepas de trigo untadas con mantequilla andina de esa que viene envuelta en hojas de frailejón! 

El suero no siempre viene solo, sino que, en muchos casos, se nos presenta condimentado con ajíes, constituyendo salsa potente cuyo picor despierta el apetito. Resuelta inigualable cuando se añade a hervidos o sancochos y aún flanqueando las negras caraotas fritas. La nata no solo adorna a los ojos unos buenos trozos de casabe, sino que realza a ese pan indígena de quebradiza textura. No hay mejor preludio para un buen condumio criollo que un cuenco de nata rodeado de arepitas y casabe. Ellos son nuestros abrebocas por excelencia y son inmejorables cuando preceden a un grueso pedazo de carne a la parrilla. 

La mantequilla, en cuya confección priva el enérgico batido de la leche, viene de maravilla para derretirse sobre los deliciosos plátanos horneados, formando uno de esos matrimonios gastronómicos indisolubles en que abunda nuestro yantar vernáculo. Este untuoso producto entra en la confección de varias de las recetas de nuestra reportería, como por ejemplo, los esponjosos bizcochuelos que, emborrachados en buen vino de moscatel, son colocados en hondas bandejas para ser luego regados por la espesa y perfumada crema de coco y, al fin, espolvoreados con canela, para producir el milagro barroco del bienmesabe. 

Parafraseando una aguardientosa copla venezolana y alejándonos de los fantasmas de las modernas dietas, podríamos decir: ¡mantequilla en la mañana, mantequilla al mediodía y a todas horas del día! ¡Cómo excluirla de nuestros desayunos, de nuestros almuerzos, de nuestras cenas! Pensando en su tersura, en su aroma y sabor particulares, se despierta con fuerza el apetito e incluso, si nos dejamos llevar, podemos con facilidad llegar a los umbrales de la gula. 


Bibliografía: José Rafael Lovera, divagaciones gastronómicas, revista bienmesabe, pagina 62, septiembre del 2013.
Fotografia de Franz Conde

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