Elogio del oficio de cocinero

Cocinero -¿Fuiste alguna vez cocinero? Poeta -¡Por supuesto que no! Cocinero –Entonces no eres un buen poeta. Porque un buen poeta en nada se distingue de un maestro cocinero, pues el arte de ambos reside en la sabiduría del espíritu. Ben Jonson, Neptune´s Triumph, 1624. 

El oficio de cocinero es el más antiguo. La invención de la cocina constituyó un verdadero salto cultural que hizo sin duda al hombre más sapiens. Ese cocinero prehistórico fue primer benefactor de la humanidad, pues libró a sus congéneres de los dolores y las enfermedades que la crudeza de una dieta primitiva les causaba. 

¿Cómo no admirar entonces con reverencia a aquel hombre que tras laboriosos y difíciles ensayos, aun a riesgo de su vida, seleccionó plantas, escogió viandas producto de la caza y de la pesca, aprendió y enseño a cortarlas, a molerlas y a prepáralas de muy diversas formas, para hacer más fácil y agradable su consumo? ¿Cómo no exaltar la memoria de aquél que descubrió el fuego y lo aplicó a la cocción de los alimentos? 

Arte magírica llamaban los griegos a la cocinamageiros al cocinero, y este nombre significa a la vez maestro y mago. Feliz nomenclatura que logra la atribución conjunta de las dos cualidades que distinguen precisamente el oficio: dominar la naturaleza y transformarla en esa especie de piedra filosofal: el alimento, que todo lo vivifica, todo lo anima y pone en movimiento. 

El ejercicio de tan digno menester, por su aparente sencillez, por lo elemental de sus operaciones, hace que no reparemos en la trascendental importancia que históricamente tiene. Es tan simple para cualquiera de nosotros encender el fuego y montar en él una olla, reunir ingredientes que nos son familiares y echarlos en ella con suficiente agua y condimentos para preparar la sopa, que generalmente nos olvidamos de lo difícil y lento que fue para nuestros antepasados primitivos llegar a descubrir una técnica tan preciosa que, puede decirse, marca el comienzo de la civilización. 

La hoguera, la olla de barro, el cuchillo y la cuchara, la piedra de moler, los cedazos de cestería, son los hitos culturales por los cuales hubo de pasar el hombre que más tarde construiría edificios, fabricaría maquinarias y escribiría poesía. 

Este héroe arcaico y anónimo que concibió la idea de guisar, merece el más sublime de los monumentos por el bienestar que le deben sus semejantes. Virtuoso más que ninguno, el cocinero, en acordar mano y cerebro, con él comenzó una labor que se iría perfeccionando hasta alcanzar los niveles más elevados de la inteligencia. Ya lo decía el mismo Ben Jonson: 

Un buen cocinero es el escogido entre los hombres. Un profesor, él proyecta, dibuja, pinta, trincha, construye, fortifica. Hace curiosas ciudadelas con pescados y volatería. Sabe atrapar la naturaleza en sus cacerolas mejor que cualquier químico. Es al mismo tiempo arquitecto, ingeniero, soldado, físico, filosofo y cabal matemático. 

Ejemplo de creatividad, fuente de deleites: tan es la mente del cocinero. ¿Habrá un mejor gesto de filantropía que la invención de una salsa? ¿No es superior ese sacerdote cocinero que celebró el matrimonio del pan con la mantequilla, a todo aquellos que consagraron las más fastuosas bodas imperiales? Si los quehaceres del hombre tienen valía, entre ellos se destaca el del cocinero, que nos da con su ardua dedicación y su talento artístico la mayor de las satisfacciones al saciarnos el hambre y alegramos el espíritu.

Compilador juan antonio pineda 
Bibliografía: José Rafael Lovera, libro Gastronáuticas publicado por Fundación Bigott, pagina 29/30, año 2006, Carcas Venezuela. 
Fotografía de savory cheesecake

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