¿Es posible un mundo sin pobreza?

Por Magdy Martínez-Solimán es Administrador Adjunto y Director de la Oficina de Políticas y Apoyo de Programas del PNUD en Nueva York.

Todos sabemos que, cinco años antes del plazo establecido de 2015, el mundo ya ha alcanzado el Objetivo de Desarrollo del Milenio que propone reducir a la mitad la proporción de personas que viven con menos de US$ 1,25 por día.

Sin embargo, China, India, Brasil, México y el próspero desarrollo de algunas naciones africanas contrastan con el resto de los países de Asia Meridional y África subsahariana, donde el 50 por ciento de la población todavía vive en condiciones de extrema pobreza.

Debemos comprender por qué cerca de mil millones de personas han quedado fuera del sistema. Aunque existen numerosas razones, hay dos que requieren nuestra principal atención: exclusión y vulnerabilidad ante determinados impactos.

Para erradicar este tipo de pobreza, debemos abordar el desafío de alcanzar “la última milla” o la sugerencia de “lograr el nivel cero”. El concepto de última milla existe tanto en las zonas rurales como en las ciudades, donde la milla es figurativa.

Las poblaciones también quedan estancadas en la pobreza o vuelven a ser pobres como consecuencia de conflictos armados, desastres naturales o algún otro impacto que las familias y las comunidades no pueden superar.

Por ejemplo, el brote de ébola hará desaparecer los logros de paz y desarrollo durante más de una generación si no ofrecemos nuestra ayuda. Podemos añadir a este ejemplo el grupo de los nuevos pobres, que se generó como consecuencia de la crisis económica europea, donde el desempleo crónico y la inactividad masiva de la juventud parecen no tener fin.

Hoy presenciamos numerosas crisis de refugiados como resultado de la escalada de conflictos armados. El número de personas recientemente desplazadas (tanto refugiados transfronterizos como de desplazamiento interno) se ha triplicado desde 2010.

Al hablar de “un mundo sin pobreza”, nos referimos a que debemos trascender la barrera de la pobreza basada únicamente en el ingreso. Las personas necesitan empleos dignos; un mayor acceso a la información y a la educación; mejores prestaciones sanitarias; condiciones de vida más seguras; protección contra el crimen y la violencia física; libertades políticas y culturales; y oportunidades de participar en actividades comunitarias. Las mujeres necesitan igualdad y las minorías, respeto. El planeta requiere protección y el mundo reclama paz.

Este es el mensaje que surgió, de manera clara y rotunda, de los debates mundiales que se realizaron en el marco de la agenda de desarrollo post-2015.

Para lograr un mundo sin pobreza donde se puedan cumplir los objetivos de desarrollo, es necesario llevar a cabo las siguientes tres acciones:

 • Crear resiliencia a través de un desarrollo consciente de los riesgos • Eliminar las desigualdades y asegurar la inclusión • Garantizar la sostenibilidad y la creación sistemática de empleos.

Para reducir la pobreza, cada país debe desarrollar su propia estrategia, identificando las secuencias de intervención y las inversiones más apropiadas, en función de su nivel de desarrollo, capacidades financieras y aspiraciones.

Los países deben tener en cuenta la manera en que las finanzas públicas internacionales pueden ayudar a movilizar los recursos privados.

Por último, es necesario establecer un marco de responsabilidad que comprometa a los ciudadanos y a la sociedad civil. Este fue el espíritu de los debates que se llevaron a cabo en la Conferencia de Río y que luego se expandió a través de la encuesta Mi Mundo, en la cual se registraron unas siete millones de voces. Ahora es posible remodelar estos procesos para ayudar al mundo a cumplir con los nuevos compromisos que adopte una vez que haya alcanzado los Objetivos de Desarrollo Sostenible.


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