Viaje al país del cacao

Hace casi cuatro décadas que Mario Briceño Iragorry celebraba en uno de sus ensayos la bondad del cacao venezolano que lo ha hecho el mejor del mundo, añadiendo provocadoramente: “Y que alguien se atreva a negar al de Chuao, este noble y excepcional título”, consciente de que por tres siglos había reinado indiscutida nuestra preciosa almendra. 

Han pasado otros cuarenta años y lejos de responder a aquel reto los conocedores no han hecho sino confirmar la excelencia del producto, llegándoselo a ensalzar con tal admiración que podría pensarse que han exagerado, a no ser por la fuente de donde provienen los elogios. 

La historiador francés de la alimentación Jean-Paul Aron, en el prefacio del delicioso libro escrito por los más grandes maestros chocolateros contemporáneos, Maurice y Jean-Jacques Bernachon, la pasión du chocolat (parís: Flammarión, 1985), al enumerar los cacao venezolanos (Carenero, Caracas, Puerto Cabello), que considera como los más finos y perfumados, califica al de Chuao de Seigneur supreme, y bien sabemos los amantes del chocolate lo cierto de esta aseveración. 

Obsesionado por aquel renombre, me había prometido visitar alguna vez el pequeño valle que por la calidad de su fruto, mantenía desde tiempo inmemorial a Venezuela en el primer rango de los productores de cacao. Vine a hacerlo hace algún tiempo, cuando de paso por Choroní, me fue propuesto el viaje. Acepté de inmediato, y nos embarcamos sin tardanza. 

La travesía marítima, único medio de acceso a nuestro destino, es corta pero emocionante por la fuerza de las inmensas olas caribeñas, que es preciso remontar con pericia para librarse de la amenaza del muro de acantilados que se extiende casi sin interrupción a lo largo de la costa, exhibiendo entre la espuma sus afiliados salientes. Después de quince minutos de navegación se abre la pared rocosa mostrando una suave ensenada, cuya breve orilla de arena blanca tiene como trasfondo una escasa vegetación xerófila, que asombra a quien espera encontrar de inmediato la más viva representación de la feracidad. Recalamos en un destartalado muelle por el que se llega a dos o tres pequeñas edificaciones, frente a las cuales nos esperaba un viaje camión, sobreviviente de los años cuarenta, único vehículo automotor que hace el transporte al interior del valle. 

Sobre su plataforma trasera nos montamos para iniciar un extraordinario recorrido que lleva de la árida playa al pueblo de Chuao. A poco trecho, el camino sube por una colina de tierra rojiza, y bruscamente da una vuelta que coloca al pasajero frente a uno de los más encantadores bosques tropicales que pueda imaginarse. Gigantescos samanes, buscares y mijaos, llenan aquel recinto vegetal, obra del hombre, sombreando innumerables árboles de cacao que se distinguen por todas partes, exhibieron desde que emergen del suelo sus enormes mazorcas de color rojizo, con cierto tinte violáceo. Testimonios evidentes de la fecundidad de aquella tierra. 

A lo largo del trayecto uno se va sintiendo invadido por aquella peculiar atmósfera de antigua y abandonada plantación cuando, de pronto, se desemboca en un claro del bosque donde se halla el pueblo. Caserío dispuesto alrededor de una iglesia que preside una enorme plaza de piso encementado, rodeada de barandas de mampostería que se usa para secar el cacao. Creo que es la única población venezolana en la cual la plaza Bolívar, con el consabido busto del héroe, es un pequeño anexo descentrado. A uno de los costados de la gran explanada central está una construcción alargada que llaman, oficina del cacao, en la cual se hacen fermentar las semillas, y donde se respira el más puro y embriagante perfume del Theobroma. Al lado de la iglesia hay una casa con altillo que fungió de almacén y residencia del administrador de la hacienda, y es hoy, para sorpresa nuestra, un rudimentario museo del cacao, obra de la amorosa dedicación de uno de los jóvenes líderes de la comunidad quien nos sirvió de Cicerone. Siempre recordaré su pausado y elegante tono de voz, con el que nos hizo partícipes de la angustia que reina en aquel apartado lugar, ante el abandono y la desidia de las instituciones oficiales, a quienes compete el fomento de la agricultura cacaotera. 

Según nos dijo, yacen ayunos de asistencia técnica, librados a sus prácticas empíricas, recibiendo como remuneración, por el escaso producto de sus arduas labores, precios de hace unos veinte años. Sin embargo, nos anunció que tenía cierta ilusión en que el proyecto de desarrollo de la zona, elaborado por uno de sus coterráneos, ingeniero agrónomo, pudiera instrumentarse en un futuro próximo. ¡Cómo no solidarizarse con esa preocupación! ¡Es que puede contemplarse insensiblemente la decadencia de aquella plantación, cuyo cacao no ha tenido par en el mundo! ¡Permitiremos la desaparición de uno de los más preciados bienes del patrimonio de los venezolanos! ¡Se dejará perder aquella hermosa iniciativa que, con el más legítimo de los títulos, pretende el renacimiento de Chuao! ¡No habrá un compatriota que, teniendo a su alcance los medios adecuados, corra en auxilio de aquellos infelices campesinos que, labrando esa tierra de fama casi mitológica, ven frustrados sus esfuerzos! 

Embebido en tristes reflexiones paré en la iglesia vacía, donde imaginé rezando a sus pocos feligreses desesperanzados, viniéndome a la mente la divulgada copla dieciochesca: Oh! Divino chocolate que de rodillas te muelen juntas las manos te baten mirando al cielo te beben. 


Bibliografía: Jose Rafael Lovera, Gastronáuticas: ensayos sobre temas gastronómicos venezolanos, p 179 al 181.
Foto de  Victor Manuel Pueblo de Chuao Estado Aragua

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