Gastronáuticas: una musa gastronómica

Desde hace varios siglos los venezolanos hemos sido herbívoros. Tal condición ha permitido, por una parte, la reproducción exitosa de la fuerza de trabajo y por la otra, ha formado un hábito alimentario que aún hoy nos depara aromas, texturas y sabores extraordinarios. Sin embargo, rechazamos con facilidad el calificativo de herbívoros, considerándolo propio de los cuadrúpedos. 

Ni siquiera un vegetariano se lo dejaría aplicar sin protestas y aclaraciones. Pero, he aquí que nos hemos de confesar consumidores inveterados de una herbácea originaria del Lejano Oriente, aclimatada en Guinea y en las islas Canarias, en el siglo XV, y de allí trasplantada a nuestro continente para suerte de quienes habrían de zafrar la caña, moler en los pilones, arrear las bestias, en fin, vivir del esfuerzo de sus músculos; y también para placer de aquellos que se dedicaban a mover la espada, o la pluma, o la aguja bordadora. 

El precioso fruto de la planta a que nos referimos, ha servido por siglos de pan, de recaudo para la olla, de postre, de fruta de boca en sus numerosas variedades. Su existencia en nuestra tierra se ha asociado con la negritud, y su abundancia y facilidad de reproducción hicieron que desde muy temprano se acuñase el dicho popular, recogido por Humboldt: Nadie muere de hambre en América. Pero al mismo tiempo, sus características dieron lugar a que se le considerarse enemigo del hábito de trabajar debido a que inducía a la holgazanería, por contraste con los clásicos vegetales europeos en cuyo cultivo había de invertirse el duro esfuerzo de arar, sembrar y podar. Fue nuestra planta, pues, sustento fundamental de los trabajadores libres y esclavos y, a la vez, contradictoriamente, base para la europeizante elucubración sobre una supuesta flojera de los americanos. 

Tal es el plátano, ejemplar por excelencia de la gran familia de la musáceas, entre cuyas miles de variedades se cuentan: orquídeas, heliconias, el ave del paraíso, el árbol del viajero y la innumerable y dorada cohorte de los bananos. Desde muy temprano se le llamó Musa paradisíaca, por suponérsele un origen mitológico, a que sabrosamente alude la crónica renacentista por la pluma de uno sus más exquisitos representantes Pedro Mártir de Anglería: -El vulgo de Egipto charla que ésta es la fruta de nuestro primer padre Adán con que manchó el género humano…- 

Durante la Colonia la forma más popular de consumir plátano fue frito en tajadas o hecho pan artolagano, como pomposa y rebuscadamente decía Juan de Castellanos, refiriéndose a su calidad de fruta de sartén. ¡Quién no conoce la sopa de plátano verde de tan probadas virtudes terapéuticas, o la torta bejarana, de tan historiada tradición! 

El plátano ha llegado a ser parte intrínseca de nuestra vida cotidiana. De niños, nos viene en la adivinanza que juega con las palabras para hacernos deducir su nombre del de los metales preciosos, o en las jocosas coplas de la canción de María Moñitos. Lo evocamos cada vez que afinamos nuestro instrumento musical por excelencia, y aun en nuestra festinada y violenta urbe sirve de restauración para los choferes que yacen desesperados en las largas colas de tránsito. 

Es más rico en calorías que la uva, la manzana, la naranja, los higos, o las fresas. Contienen proteínas y grasas vegetales, pero sobre todo carbohidratos y vitamina A. fácil de transportar, se conserva por largo tiempo en su forma natural, el racimo. 

Al fin, esta preciosa herbácea no sólo crece y se reproduce espontáneamente, sino que su fruto ha sido dotado por la benévola naturaleza de una piel que nos permite, tomándolo por uno de sus extremos, pelarlo sin dificultad para sentir su penetrante aroma y dejar al descubierto la dulzura de su carne apetitosa. 

Bibliografía: José Rafael Lovera, Gastronáuticas, pagina 103/104, Fundación Bigott, Caracas Venezuela 2006. 
Fotografia de Joel Lau

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