El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2015

En las últimas décadas hemos avanzado considerablemente en la lucha contra el hambre y la pobreza en el mundo. La mayoría de los países (72 de 129) sobre los que la FAO lleva a cabo un seguimiento ha alcanzado la meta de los Objetivos de Desarrollo del Milenio consistente en reducir a la mitad la prevalencia de la subalimentación para el 2015, y las regiones en desarrollo en su conjunto no llegan a esta meta por un margen reducido. Además, 29 países han llegado al objetivo más ambicioso establecido en la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, cuando los gobiernos se comprometieron a reducir a la mitad la cifra absoluta de personas subalimentadas para 2015. Entre tanto, la proporción de habitantes de los países en desarrollo en situación de extrema pobreza ha disminuido del 43 % en 1990 al 17 % en este año (Banco Mundial, 2015a). 

Sin embargo, los progresos han sido desiguales entre países y regiones. La prevalencia del hambre y la pobreza ha caído sustancialmente en algunas regiones, sobre todo en Asia oriental y el Pacífico, así como en el Asia sudoriental. En el Asia meridional y en el África subsahariana el avance ha sido, en general, lento, a pesar de los éxitos observados en algunos países. 

Unos 795 millones de personas siguen padeciendo hambre según El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2015 (FAO, FIDA y PMA, 2015a) y casi mil millones viven en extrema pobreza (Banco Mundial, 2015a). La mayoría de estas personas vive en zonas rurales y depende de la agricultura para gran parte de sus ingresos. 

Por este motivo, resulta urgente que actuemos en apoyo de los más vulnerables para liberar al mundo del hambre. El crecimiento económico, en particular en la agricultura, ha sido fundamental para reducir las tasas de hambre y pobreza. Por tanto, la inversión en agricultura sigue siendo el camino más efectivo para facilitar oportunidades de crear ingresos y mejorar la nutrición, especialmente en el caso de las mujeres y los jóvenes de las zonas rurales. 

Sin embargo, incluso con crecimiento económico, la lucha por escapar del hambre y la pobreza es con frecuencia lenta, ya que el crecimiento puede no resultar inclusivo. En el caso de algunos grupos, como los niños y los ancianos, el crecimiento económico puede aportar un alivio escaso o llegar demasiado tarde para impedir las privaciones y una situación duradera de desventaja. 

Para erradicar el hambre y la pobreza se necesita una combinación de inversiones privadas y públicas y de medidas de protección social. La erradicación del hambre en el mundo en 2030 de forma sostenible requerirá una cantidad adicional estimada próxima a los 267 000 millones de dólares estadounidenses anuales por término medio para inversiones en zonas rurales y urbanas y en protección social, de tal manera que los pobres puedan acceder a la alimentación y mejorar sus medios de vida. Esta cantidad es equivalente a cerca del 0,3 % del PIB mundial y supondría un promedio de 160 dólares estadounidenses anuales para cada persona en situación de pobreza extrema a lo largo de todo el período de 15 años (FAO, FIDA y PMA, 2015b). 

Desde luego es un precio relativamente pequeño para poder terminar con el hambre en el tiempo que nos ha tocado vivir. Además de las inversiones en la agricultura y el desarrollo rural, se necesitan inversiones en programas de protección social. 

Muchos países del mundo en desarrollo reconocen cada vez en mayor medida la necesidad de medidas de protección social destinadas a reducir o evitar la pobreza y el hambre con carácter inmediato. Como resultado de ello, los programas de protección social han aumentado rápidamente en los últimos años, si bien se da una gran diversidad en su naturaleza, incluso dentro de un mismo país. 

En numerosos estudios se ha puesto de manifiesto que los programas de protección social han tenido éxito en la reducción del hambre y la pobreza. En 2013 la protección social sacó a unos 150 millones de personas de la extrema pobreza. 

La protección social permite que los hogares aumenten y diversifiquen su consumo de alimentos, a menudo incrementando la producción propia. Los efectos positivos sobre el bienestar de la infancia y de las madres se amplían cuando los programas tienen en cuenta los aspectos de género o van dirigidos a las mujeres. Esto es especialmente importante porque la malnutrición materna e infantil perpetúa la pobreza de una generación a otra. 

Los programas de protección social no solo protegen el consumo. Los datos muestran que la protección social impulsa una mayor inversión en la educación y la salud de la infancia y reduce el trabajo infantil, con repercusiones para la productividad y la empleabilidad futuras. Cuando se aplica correctamente y las transferencias son periódicas y previsibles, la protección social facilita también una mayor inversión en las actividades de producción realizadas en las explotaciones agrícolas, en particular en los insumos, las herramientas y el ganado, así como en las empresas no agrícolas. Hasta las transferencias relativamente pequeñas ayudan a los pobres a superar las dificultades de liquidez y crédito y proporcionan un seguro ante algunos riesgos que los disuaden de la realización de actividades con mayor rentabilidad. 

Por último, la protección social tiene efectos positivos en las comunidades y las economías locales. Los programas de obras públicas pueden proporcionar importantes infraestructuras y bienes comunales y contribuir directamente a la economía local cuando se proyectan y realizan de forma correcta. Los programas de alimentación escolar pueden ayudar a combatir la malnutrición y actuar como incentivo para que los niños tengan una educación. Los ingresos adicionales proporcionados por programas de protección social aumentan la demanda de bienes y servicios de producción local, contribuyendo así a un círculo virtuoso de crecimiento económico local. 

A pesar de su eficacia probada, la protección social por sí sola no puede sacar a las poblaciones del hambre y la pobreza de manera sostenible. Sin embargo, vincular la agricultura con la protección social puede crear círculos virtuosos de desarrollo local. Entre las soluciones acreditadas que benefician a todos y favorecen a la agricultura familiar a través de la protección social pueden mencionarse las “compras institucionales” a agricultores locales con destino a comidas escolares y otros programas gubernamentales, como los de protección social, que dan lugar a un mayor consumo de alimentos de producción local. 

Cabe mencionar las dificultades financieras que existen para la aplicación de estos programas, pero tales dificultades guardan una estrecha relación con la voluntad política precisa para tomar las necesarias decisiones de gasto. Los programas experimentales y un seguimiento y evaluación cuidadosos pueden ayudar a iniciar el diálogo sobre las políticas para fomentar el apoyo nacional a la financiación de estas medidas de asistencia social. Por lo menos una parte de dicha financiación debe partir del país con objeto de proporcionar una base sostenible para los programas de protección social. 

Las experiencias de los países en las dos últimas décadas demuestran que es posible acabar con el hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición. También ponen de manifiesto que hay mucho trabajo por delante para transformar esta visión en realidad. El compromiso político, las relaciones de asociación, una financiación adecuada y medidas globales son elementos fundamentales en este esfuerzo. 

Estamos comprometidos en el apoyo a los esfuerzos nacionales y de otra índole para que el hambre y la malnutrición pasen a la historia. La resolución de la Asamblea General de 2012 relativa a un nivel mínimo de protección social, el Reto del Hambre Cero, la Declaración de Roma sobre la Nutrición de 2014, el Programa de Acción de Addis Abeba de 2015 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible después de 2015 son algunas de las manifestaciones recientes del apoyo de la comunidad internacional. La presente edición de El estado mundial de la agricultura y la alimentación, centrada en la protección social, profundiza en nuestro apoyo inequívoco al refuerzo de las capacidades nacionales para elaborar y realizar con éxito programas que se necesitan. 

Por José Graziano da Silva, Director General de la FAO, El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2015. Publicado en la web www.fao.org año 2015.
José Graziano da Silva, Director General de la FAO

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